CAPÍTULO 1

París

Marzo de 1949

Lo primero que vieron sus ojos al regresar de entre los muertos en esa pequeña y sombría habitación fue un jarrón de vidrio transparente con flores secas.

Incluso muertas seguían desprendiendo un leve perfume en aquella estancia hospitalaria en la que se había despertado. Se olía a invierno, a primavera y a otoño a la misma vez. Hay flores que jamás dejan de emanar su aroma aunque se marchiten; al igual que hay personas que jamás se van, aunque estén muertas.

No había nadie más acompañándolo en la habitación, pero esas cuatro paredes grises parecían estar impregnadas con la voz y aura de decenas de personas. Aún así, sus primeros pensamientos aterrizaron en esas hojas y pétalos mustios que decoraban una mesa con varios enseres más. Frédéric reconoció de inmediato ese ramo de violetas. El dibujo de la tarjeta con la inscripción de “Casa Raimond” era inconfundible y le conducía directamente a la confesión que Miguel le hizo en Praga sobre el estado de buenaventura de Sara. La idea de que dentro de ella hubiese un hijo suyo no había salido de su cabeza ni siquiera durante su estado de inconsciencia. Ocupó el cien por cien de sus pensamientos.

¿Qué significaba tener un hijo? No era la misma sensación  que tenía con Clarisa. la experiencia que había vivido con la hija de Sara ni siquiera le servía como ensayo para lo que ahora sentía. Esa nueva y visceral sacudida se clavó en la razón de Frédéric hasta el punto de tener que volver a reconstruir sus valores, sus inquietudes, sus temores y sus prioridades. Y ahora, además, tendría que luchar contra el amargor de haberle dejado a su hijo un padre así, un padre impedido y que había perdido gran parte de su fuerza interior.

Tras su paso por la oscuridad y su posterior vuelta a la luz, comprendió que cuando vas a ser padre ya no te fracasas a ti mismo con tus errores, sino a tus hijos.

Después de pasar la vista de soslayo por el vacío que había dejado su pierna amputada, la izquierda, deslizó el cuello hasta posar sus ojos de nuevo sobre el jarrón. Mantuvo la mirada fija en el ramo de flores durante varios segundos, dejando que su mente recuperase poco a poco la consciencia perdida, dejando que sus últimos recuerdos volviesen a entrar en su memoria y dejando que sus sentidos volviesen a sentir un mínimo de vida.

Pero Frédéric era un hombre diferente. Su semblante había renacido distinto. Su rictus era el de un hombre quebrado. Su asfixiada respiración chocaba con la nostalgia de sus rencores y remordimientos. Sus ojos estaban apagados, exhaustos, envejecidos. Era como si cuatro vidas hubiesen pasado por él en esos dos meses que había permanecido postrado en la cama del Hôtel-Dieu de París (casa de Dios de París), en la Île de la Cité. Hasta allí lo trasladaron sus padres, antes de conocer la situación crítica en la que iba a entrar Frédéric tras la intervención quirúrgica que a la postre le condujo a un estado de coma asistido.

Aquel era el día sesenta y cuatro de su estancia en la casa de Dios. El supremo le había dado acogida a un fiel ateo, pero ahora, también parecía darle una segunda oportunidad. Una redención digna, un lugar desde el que comenzar el resto de su vida.

La aguja de la Catedral de Notre Dame asomaba por la ventana de su habitación.  París… Tanto tiempo dando vueltas por medio mundo, que apenas reconocía en esos edificios y esas calles su casa. Frédéric se sentía un extranjero en su propia ciudad.

*   *   *

Esos dos meses de sufrimiento y silencio en los que Frédéric había dejado de existir incluso para las esperanzas de Sara, Loreta, Gerber, Miguel, Patrick, REims, Nathalie y todos sus seres queridos, fueron suficientes para que todos ellos entendieran que aquel carismático ser humano había entregado su vida a su muerte. Frédéric era algo más que un espía o un investigador. Era alguien que luchaba hasta el final por aquello que creía justo, por aquellos en los que creía y por aquello que podía dejarle dormir en paz. Nadie es perfecto, ni tan siquiera Dios. Y él, era todo lo contrario a un dios. Era una persona normal que conseguía convertir en excepcional todo aquello que tocaba. Frédéric Van Muller Poison era uno más entre los suyos, pero para todos ellos era el único.

Desde hacía días, los médicos venían pronosticando un pronto fallecimiento. La familia y allegados tenían asumido que era cuestión de días u horas. Ya no había más tratamiento posible y su cuerpo cada vez estaba más apagado. Todos nadaron en un profundo dolor, pero este no ocultaba la sensatez ante los acontecimientos. El aroma a tristeza y desolación en todos ellos era terrible, pero la situación era evidente. La pérdida de sangre durante el trayecto de avión desde Praga a París le había causado daños irreparables en el cerebro. La bala que alcanzó su abdomen le destrozó el hígado y la que se alojó en su pierna le dejaría inválido para siempre si sobrevivía a la muerte. Aquellas premisas eran suficientes como para que sus seres queridos no eludieran la idea de que aquellos serían los últimos días del espía, y aquella, la última misión que iba a realizar: Morir o sobrevivir.

En el pueblo de sus padres, Louvois, ya se habían ultimado los arreglos para el funeral y el entierro. Con tan solo 19 años, Frédéric, le dejó una carta a su madre al respecto. Por aquel entonces, el joven Frédéric era un inquieto estudiante de criminología y sociología en La Sorbona, y ya había hecho sus pinitos en el espionaje y la investigación. Aunque aquellas aventuras se dieron de forma muy banal y casual, enseguida tuvo claro cuál iba a ser la tónica que marcase sus pasos futuros y los riesgos a los que iba a estar expuesto. Aquella carta que le envió su madre reflejaba sus intenciones y sus preocupaciones, pero también su rebeldía, su impronta, sus principios y sus finales.

Mamá, necesito que guardes esta carta para siempre. No quiero que te preocupes más de lo necesario, y la verdad, no debes preocuparte por nada. Estoy bien, feliz y pletórico. Más que nunca. Las cosas van muy bien por París. Tengo buenos amigos, buenos profesores y mucho trabajo por delante. Empiezo a encontrarle sentido a mi día a día, y por eso creo que todos debemos tener claro qué hacer con nuestra vida, pero también qué hacer con nuestra muerte. Ya sé que parece muy trascendental todo esto, pero te pido que te lo tomes en serio, porque jamás volveré a mencionarlo. Mucho menos a papá, al quien todos estos temas no le gustan nada. Lo que trato de decirte es que no le tengo miedo a la muerte, y por eso voy a vivir al máximo. Por eso mismo quiero que el día que muera todos seáis felices, porque yo habré muerto siéndolo. No sufras que no quiero decir que me esté muriendo ni que me vaya a jugar la vida mañana, pero tengo la necesidad de dejarte escrito cómo quiero que sea mi funeral. Es algo así como mi propuesta de testamento. Es raro que un hijo se lo de a su madre, ya que por lógica natural debería ser al revés, pero no te preocupes. Si te llega a ti antes la muerte, ya sabré a quién darle esta carta, pero si me llega a mí antes la muerte quiero que seas tú la que materialice mis deseos. Y son estos: Quiero que me incineren en Louvois. Quiero que sea en nuestra finca y que mis cenizas las esparzan sobre los viñedos de nuestra familia. No quiero que medie ningún sacerdote o religioso, solo amigos y familia; y quiero que esa ceremonia sea una celebración, con todos ellos, en torno a una buena comida, a una buena música y a un brindis por el tiempo que pude vivir y disfrutar. Los bienes que en su día pueda dejar os los entrego a vosotros, a ti y a papá. Seguro que seréis justos y sabréis que hacer con ellos. Quiero que lo hagáis por mí, por favor. Así quedará reflejado en mi testamento, el cual redactaré en cuanto tenga la mayoría de edad permitida para ello. Nos vemos pronto, tu hijo, que te quiere, Frédéric”.

 Aquella carta escrita por un joven inquieto y voraz permaneció en el anonimato entre él y su madre durante todos esos años. La muerte es algo tan respetable y honorable que cualquier deseo del difunto debe honrarse y respetarse por encima de la aceptación o rechazo. Más aún cuando es una madre quien debe enterrar a su hijo. Y así fue. Loreta Poison se preocupó por respetar fielmente los deseos de su hijo, mientras aguantaba la tortura de tener que hacerlo.

Así, la finca Van Muller de Louvois se preparaba para que el entierro de Frédéric se celebrase como él había querido, y junto a los que él quería. Incluso Pascal,  desaparecido en algún lugar de Bélgica tras lo ocurrido en Praga, volvió para honrar la memoria de aquel muchacho que un día le dio de nuevo alas para volar y para vivir. Lo cierto es, que al saber que el estado de Frédéric era un salto sin paracaídas hacia la muerte, la empresa FMP investigadores se fue desarticulando.

Pascal Lannes fue el primero en cesar sus funciones tras llevar de vuelta al yerno de Patrick, Constantino, a Nuremberg. Patrick Rosemoir, nada más dejar resueltos todos los pormenores del caso René, fue cerrando paulatinamente con toda su cartera de trabajo. Y Miguel Barrera, que había asumido la mayor carga laboral de la empresa, fue delegando a otros estamentos militares y policiales los casos abiertos que aún quedaban. Ninguno de ellos tenía ánimos ni ganas de seguir con el negocio sin él, y aunque volviese a la vida, ya nunca iba a ser lo mismo. Los acontecimientos de los últimos dos años para los tres socios y para sus familias habían marcado demasiado sus vidas y sus prioridades. Frédéric era el alma que mantenía avivada la llama de FMP, y con su inminente fallecimiento ese fuego dejaba de calentar a todos.

Así pues, las últimas semanas de trabajo dentro de ‘FMP Investigadores’ estuvieron destinadas al cese de la actividad. Para Miguel, esa carga incesante de trabajo le permitía dispersar esa sensación de culpa que portaba desde que volvieron de Praga. No era solo su socio o amigo, era su hermano desde los 18 años. Ambos lo sabían todo del otro, y eso te une con sudor más que con tu propia sangre. El trabajo era su conexión vital con él, ahora que no estaba a su lado.

A toda esa vorágine de tareas se sumaba la misteriosa carta que había llegado desde Camerún a nombre de Pachi, la cual recogieron Patrick y su yerno cuando Frédéric y Miguel aún estaban en Praga. Días después de entrar en coma Frédéric, Patrick se la entregó a Miguel, quién sí la abrió y leyó. Nada más hacerlo supo que algo malo había pasado en Guinea Ecuatorial con Alonso Palomares.

Aunque el español siempre le había recriminado aquel suceso, sabía que para Frédéric, todo lo relacionado con el caso del Dragón perdido era algo personal. No era un simple trabajo más que empezaba y que acababa como cualquier otro. Lo que sucedió en Guinea Ecuatorial con Madeleine y Alonso le perseguiría para siempre. La misiva enviada desde la base militar francesa de Kribi era algo más que la felicitación de un viejo amigo. Era otra brecha abierta en el misterio del Dragón perdido. El tiempo y las imperiosas circunstancias que había en París esos últimos meses actuaban en su contra para poder afrontar con solvencia esa investigación, pero Miguel tenía una deuda pendiente con su amigo y socio, y creyó necesario tomar parte en el asunto sin que nadie supiese nada para averiguar qué había ocurrido en Guinea Ecuatorial con Alonso, Madeleine y el oro que transportaba ese misterioso avión que ya era casi leyenda, el Dragón perdido.

Carta enviada a FMP Investigadores. París

 Base Militar francesa de Kribi. Camerún

22 de Diciembre de 1948

Remitida por Pachi Calibres

 

[…Hola Frédéric, Soy Pachi. Quería felicitarte las navidades a ti y a los tuyos. Aquí, las navidades no son como siempre. Las cosas han cambiado bastante desde que nos vimos por última vez. Ya sabes que no suelo escribirte demasiado, pero esta vez necesitaba hacerlo. Algo y alguien  me pidió que lo hiciese, y por eso te envío esta carta que seguro sabrás entender.

Con ella quiero que sepas que te extraño, que aquí siguen tus cosas conmigo, pero hay veces en esta vida que no podemos escapar de nuestro pasado. Quiero que esta carta sirva a demás para rendir homenaje a los que ya no están y los que estuvieron y se han ido. Que luchemos por los que murieron por una causa y por los que esa causa se los ha llevado después. A algunos de ellos, recientemente. Y no hemos vuelto a saber nada. 

Ya sabes que aquí creemos en la magia y las leyendas, pero a veces, la realidad supera a la fantasía. En ocasiones, los fantasmas del pasado vuelven a aparecer, y lo hacen para cobrarse alguna deuda. Hay dragones que nunca dejan de emanar fuego de su boca y seres humanos que nunca dejan de buscar los tesoros que pierden. La condición humana es extraña, pero esta ya no es tu lucha, tú has dado todo lo que tenías, ahora necesitas descansar.

Espero que estéis bien y que todo siga así siempre. Tan solo quería que supieses que mis hermanas y yo seguimos aquí, bien por ahora y que gracias a vosotros, el pueblo Ndowe es ahora un lugar mejor y cada vez tenemos más gente que viene a buscar esa prosperidad. Pero no todos son dignos de esta tierra. Aquí nadie necesita mucho para vivir, pero sus creencias son lo que les mantienen con vida. Ya sabes que para ellos la tierra, el mar y las leyendas son elementos sagrados. No se les puede arrebatar, no se les debe arrebatar, pero siempre hay alguien que quiere arrebatarnos lo que es nuestro. No espero respuesta tuya. Se que siempre piensas en nosotros.

Mis mejores deseos para ti y los tuyos. Feliz navidad…]

*   *   *

 

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