CAPÍTULO 2

Lo que jamás hubiesen imaginado ninguno de sus allegados es lo que ocurrió aquella mañana del 2 de marzo de 1949.

Algo inesperado sacudió el consternado y languidecido clima de la finca de Louvois. Patrick se quedó esa semana ayudando a Loreta, la madre de Frédéric, en los preparativos de la casa para recibir a los invitados cuando tocase, además de llevarle los asuntos relacionados con la burocracia necesaria para la resolución del testamento de su hijo. Los cambios que había introducido Frédéric en su vida tras conocer a Sara eran de obligado cumplimiento para los padres del galo-holandés. El bebé que Sara llevaba dentro de su vientre era su nieto, y clarisa también se había convertido en otra nieta más para ellos. Con esa nueva situación era necesario hacer un nuevo reparto en la herencia. Pero todo dio un vuelco cuando el padre de Frédéric, Gerber, cogió el teléfono para atender a la llamada del hospital donde estaba ingresado su hijo.

Era muy temprano. El señor Van Muller madrugaba mucho cada día, y más aun desde que Frédéric había entrado en coma. Esos meses le costaba un mundo conciliar el sueño. Estaba cabreado y apenado a partes iguales. Su relación con Frédéric, aun siendo muy cordial, atravesó momentos de poco entendimiento. La actitud anti sistémica e impulsiva de su hijo nunca había sido del agrado de un padre preocupado y recto. Gerber siempre fue un caballero de carácter rudo, pero tranquilo y noble. De esos vecinos respetados, muy responsables y disciplinados que no permiten un giro inesperado en su vida. Sus amigos decían de él —es un pedazo de pan duro—. No le gustaban demasiado las bromas, salvo cuando llevaba más de tres vinos en el cuerpo. Si cruzaba su límite de alcohol permitido, de repente, se volvía el tío más jocoso y dicharachero del lugar, pero eso pasaba muy poco. No solía ser un hombre de excesos. Las diferencias que había entre padre e hijo se fueron limando con los años, y esa sensación de reprobación de Gerber se tornó en admiración y orgullo ante los logros de su hijo. No obstante, la preocupación por su bienestar se vio reflejada con lo que había ocurrido en Praga. Gerber tenía unas terribles ganas de recriminarle lo que había pasado, pero estaba deseando poder verlo con vida de nuevo y abrazarlo.

Cuando sonó el teléfono, era de los pocos que estaba despierto en la casa. Patrick, Pascal y Arleth, la tía de Sara, que también estaba allí con Clarisa, dormían. Ni siquiera Loreta se había levantado aún. Había pasado muy mala noche, con una angustia más acentuada de lo habitual.

Gerber caminó despacio hasta la cocina, donde estaba el teléfono, pensando en que aquella llamada podía ser la que llevaban días esperando.

—Casa Van Muller Poison, dígame —respondió, con la voz hundida en incertidumbre.

—Buenos días. ¿Podría hablar con algún familiar de Frédéric Van Muller? Le llamo desde el hospital. Soy el Doctor Xavier Salgar.

—Buenos días. Sí, doctor, soy Gerber, el padre de Frédéric ¿Qué ocurre?

—Hola Gerber, no le reconocí la voz. Parece cansado.

—Sí, dígame —espetó impacientado.

—Disculpe. Mire, le llamo para darles buenas noticias.

Los cansados y enrojecidos ojos de Gerber se encendieron en sorpresa. Tuvo que apoyar la mano en la mesita que había bajo el teléfono. No dijo nada, su silencio llevaba implícito un continúe, por favor. Y así hizo el doctor, prosiguió con la información.

—Su hijo Frédéric… ha despertado —pronunció con lentitud y un confortable tono de gozo en su voz. Salgar se quedó en pausa unos segundos, esperando la reacción de Gerber.

—Despierto —susurró descolocado. Cuando no esperas algo, aunque sea una excelente noticia, esta te deja frío y desubicado. Aquello sintió Gerber en ese instante. Se quedó congelado y sin saber qué hacer. Alzó la mirada y vio a Loreta, Arleth, Pascal y Patrick bajo el marco de la puerta de la cocina. Habían despertado con el sonido del teléfono. Se habían plantado allí como tres fantasmas.

—Está con Sara en la habitación ahora mismo. Incluso puede hablar. Es casi un milagro. Señor Van Muller, deberían venir a París usted y Loreta para que les informemos de todo con más tranquilidad y exactitud. Y sobre todo para que puedan ver a su hijo —el doctor esgrimió una nueva pausa dramática—. Ha sobrevivido. Por ahora su estado es estable, pero habrá que tenerlo muy controlado. Le repito, es un milagro, pero no va a ser el mismo nunca, traten de tener paciencia.

—Claro —afirmó absorto Gerber, sin quitar la mirada de Loreta—, estaremos allí esta misma tarde.

Gerber colgó el teléfono y se acercó a la puerta, donde estaban todos los demás.

—Loreta, Frédéric ha despertado.

Esas palabras retumbaron en las paredes de la casa. Ninguno respondió de inmediato. Los ojos de Loreta se llenaron de lágrimas. Arleth y Patrick aumentaron el ritmo de su respiración y dejaron solos al matrimonio Van Muller Poison. Pascal mantuvo la posta unos segundos más.

—Prepararé el transporte y las maletas —dijo rotundo—. En menos de una hora estará todo listo para salir. ¡Patrick, Arleth!

—Sí, claro, te ayudamos —respondieron ambos al unísono.

*   *   *

Tenían sus manos derechas entrelazadas. Ella estaba sentada al borde de la cama. Sara había retirado inconscientemente las cortinas para que entrase con esplendor la luz del sol por primera vez en días en esa habitación. Frédéric la miraba cansado, pero con toda la intención de vida puesta en ella y en el amor que sintió al verla junto a él. Le retiraron gran parte de los tubos que tenía en la cara, pero aún le costaba gesticular y hablar. Los médicos salieron de la habitación. Sara y él volvían a estar solos y despiertos.

—¿Aún tienes el ramo de violetas? —preguntó Frédéric con dificultad para articular la voz.

—Es lo último que tuve tuyo antes de irte a Praga. ¿Te acuerdas por qué me lo regalaste?

—Claro.

—Si lo hubiese tirado es como si jamás nos hubiésemos reconciliado. Y no quería que ese fuese nuestro último recuerdo.

Siempre había sido ella la razón de todo, incluso antes de conocerla. Siempre tenía la frase perfecta para volver a enamorarlo. Frédéric trató de mover la mano para tocarla, ella se dio cuenta y acercó la suya sutilmente a sus dedos.

—Lo sé, Sara. Miguel me lo contó —le dijo, con la voz quebrada, mirándole al vientre.

—Sé que lo sabes. Yo le obligué a decírtelo.

—Fue antes de…

—Lo sé. Las personas no podemos cambiar tan fácilmente —espetó con firmeza, sin mostrar intención alguna de reproche—. Frédéric, no te lo reprocho. Hiciste lo que creíste que tenías que hacer. No estás en deuda con nadie. Estás vivo y eso lo compensa todo.

Sara se mostraba demasiado compasiva y comprensiva, para lo que realmente sentía. No entendía el porqué Frédéric se había puesto tan en riesgo tras saber que iba a ser padre. Jamás lo entendió, pero hacía varias semanas que dejó de buscar explicación a eso. Ahora estaba vivo y eso es lo único que importaba.

Después de aceptar la muerte de la persona que más ha amado en la vida, de repente tenía que acostumbrarse a ver nacer a su hijo viendo como el padre de este nacía también de nuevo. En cuanto volvió a ver abiertos sus ojos azules, en cuanto volvió a escuchar el ahogado sonido de su voz y en cuanto volvió a tocar sus manos supo que aquel hombre que se le había ido, jamás iba a volver y, por extraño que pareciese, lo quería así. El amor es contradictorio, pero Sara había vivido toda su vida en una contradicción. Aún así, aquel hombre la necesitaba más que nunca a ella. Por primera vez, Frédéric dependía más de los demás que de él mismo.

—Y tú, ¿estás bien?

—No pienses en mí ahora.

—No he dejado de pensar en ti en estos…

—Dos meses. Has estado dos meses en coma —indicó, contenida en sus emociones.

—Vaya. Pensé que había sido más. O menos. No lo sé, el tiempo es diferente cuando no lo tienes en cuenta —le seguía costando articular la voz, pero no parecía preocuparle.

—No te fuerces, cariño.

—No pasa nada. Estoy bien. Salvo porque jamás volveré a andar con las dos piernas.

Sara tragó saliva al oír aquello. ¿Qué podía decirle ante eso? Lo acababa de expresar como si nada, y no supo si mostrarle esa misma actitud o no.

—Tranquila, no me alegra decirlo, pero es así. Cuando llegué al hospital supe que si salía de esta, dejaría muchas cosas en el camino.

—¡Frédéric! Todos han perdido algo.

—¿A qué te refieres?

—Ibas a morir. Miguel, Patrick, Pascal, tus padres… Todos se han preparado para que te fueses para siempre. Pero te contarán ellos, ahora solo tienes que pensar en recuperarte lo antes posible.

—Me he ido para siempre. Lo que hayan hecho, estará bien. Hay cosas que ya no se recuperarán jamás.

—A mí siempre me vas a tener. Y a él, o ella.

—Él.

—¿Ya lo sabes? —profirió ella, sonriendo.

—No. Pero estaría bien. Alguien que sane mis errores ¿no? —Sara lo miró con dulzura. Frédéric parecía haber entrado en otra dimensión. Era como si todo su fuego interior se hubiese apagado y tan solo quedase dentro de él nostalgia, reflexión y ternura.

—Aún te queda mucho por hacer, y por equivocarte.

Él la reprobó con un sutil movimiento de párpados. No hicieron falta muchas más palabras como para entender que la vida te cambia drásticamente cuando te la vuelven a regalar.

—¿Y todas esas cosas de la mesa?

—Ha pasado mucha gente por aquí. La gente te quiere más de lo que pensaba. Mira que eres huraño y antipático cuando quieres, pero no caías mal del todo —Sara trataba de sacarle una sonrisa clara y amplia en su rostro. Se levantó y fue hacia la mesita donde estaban los regalos que le habían traído sus conocidos.

—Eso lo dices porque no conoces ni al cinco por ciento de mis enemigos.

—Tampoco los necesito aquí.

—Los enemigos nunca se van, si no quieres tenerlos cerca, eres tú quien se tiene que ir.

No pudo evitar sonreír con orgullo y aprobación al escuchar esas palabras cargadas de imposición y sensatez salir de los perfectos labios de Sara.

—Mira, esto es de Maurice y Raminond… este morral nuevo te lo ha traído Jean Pinnatel… esto otro de Reims… esta cosa rara de un tal fontaine… esta fotografía es de Lapierre… esta cosa tan bonita es de Sophie… y bueno, muchas cosas más de conocidos tuyos —explicaba, mostrándole los presentes que sus amigos le habían ido trayendo—. Son cosas que les recordaban a ti. Cuando puedas, lo abres y lo ves todo.

—¿Ha estado Lapierre aquí? —preguntó con sorpresa.

—Sí. Era un hombre muy callado. Estuvo unos minutos y se fue. Fue hace unos pocos días.

—Muy propio en él.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Le dejaste una nota a tu madre con diecinueve años ¿no? —insinuó Sara. Frédéric entornó los párpados tratando de recordar. Tardó unos segundos en entender a qué se refería—. Era una especie de deseo sobre tu muerte…

—Es cierto. Ya me acuerdo. Espero que no le haya costado demasiado dinero ese entierro. Era demasiado joven, enérgico y soñador.

—Aún lo eres.

—Ahora solo soy soñador, ni joven, ni enérgico.

—Frédéric, es normal que te sientas así después de este trance, pero volverás…

—Ya he vuelto. He vuelto para quedarme, contigo, con Clarisa y con… Habrá que pensar en un nombre ¿No?

—Pues… La verdad que es algo en lo que no he reparado —respondió Sara, alzando las cejas.

—¿Te parece que le pongamos el primer nombre que nos venga a la cabeza cuando lo veamos por primera vez?

—Me parece bien, cariño. Voy a llamar a los médicos, la bolsa de uno de los medicamentos que te están administrando se está acabando.

Cuando Sara giró la cabeza hacia la puerta, vio el rostro de Miguel a través del pequeño cristal de la misma. Ella le sonrió, dejando entre ver una mueca de complicidad. Miguel había sido su soporte anímico todo este tiempo. No había pasado un solo día en el que ambos no hubiesen ido a ver a Frédéric al hospital. Salvo en las primeras noches, las cuales Loreta y Gerber fueron quienes durmieron junto a su hijo, el resto las alternaron Miguel y Sara.

El último año había sido desastrosamente funesto para Miguel. Primero el fallecimiento de Lucía, su mujer, y luego el trágico desenlace de Praga con Frédéric. Aún así, la entereza y fortaleza que había demostrado el español eran encomiables. Sin embargo, el paso de los días cada vez estaba denostando más su ánimo. Se sentía solo, fustigado por su propia responsabilidad y entrega. Llegó a plantearse volver a España con su familia y empezar de cero en una nueva vida. Olvidar todo lo que había pasado, deshacerse de todo el daño que estaba martillando su alma, pero no quería verse a si mismo como un cobarde, como alguien que huye de los problemas.

Por suerte, Nathalie, la mejor amiga de Sara, entró en su vida para paliar la soledad por la que Miguel estaba pasando. Entre ellos no había ocurrido nada sentimental, pero ya eran casi otra pareja más. Incluso desde hacía un mes, vivían en la misma casa. Dejó su piso en la Calle Boissonade y se marchó a casa de Miguel, para ayudarle en las labores domésticas dada la descomunal carga de trabajo que tenía tras la incapacidad de Frédéric y todo lo que eso ocasionaba. El español había dejado el piso en el que vivió con Lucía, en el Barrio Latino, para irse la Rue de Poissy, en pleno Barrio de St Víctor. Una zona burguesa muy cerca del cauce del río e incluso del Hospital donde estaba ingresado Frédéric. Pero la verdadera razón fue que estaba muy próxima a la Universidad Pierre et Marie Curie. Posiblemente sería el próximo destino laboral suyo, como gestor y contable de la misma.

Nathalie, esa chica de origen Belga, era todo un derroche de energía y jovialidad, pero también sabía escuchar y respetar los espacios. Exactamente lo que Miguel necesitaba para no caer de lleno en la amargura diaria. Y además, le servía para poner en práctica el lado femenino y doméstico con el que nunca había comulgado demasiado. Sara siempre le había dicho que algún día debería sentar la cabeza y convertirse en una mujer de su casa. Sea como fuere, la relación entre ambos creció de manera exponencial. Pero, por ahora, tan solo eran compañeros de piso y amigos. Nada más. Aunque de vez en cuando se escapaba algún gesto y alguna mirada romántica, aquellos días no eran el momento oportuno para nada más que una amistad.

Miguel abrió la puerta de la habitación con sumo cuidado. Asomó la cabeza y el pie. Miró a Sara intentando esquivar la visión hacia la cama donde estaba su amigo. Enseguida se escuchó de fondo:

—¿Vas a entrar o voy a tener que salir yo? —el humor sarcástico iba en el ADN de ellos dos.

—Joder, pensé que después de la siesta que te has pegado te levantarías de mejor humor.

—¡Ven aquí socio!

—Os dejo solos un rato, enseguida vendrá el médico para revisar los medicamentos —interrumpió Sara, colocando los brazos bajo sus senos y abandonando la habitación con una enorme sonrisa dibujada en sus labios.

—Vale, Sara. Muchas gracias.

—Te quiero, cariño. Ahora vengo.

—Y yo. ¡Aquí estaré! —por fin, Frédéric, le lanzó la sonrisa que ella esperaba.

—Socio, ¿cómo estás?

—Vivo, que no es poco.

—¡Joder, ya pensé que no salías de esta!

—Yo también. Espero haber hecho lo correcto volviendo.

—Imagino que ya te habrán puesto al día de tu situación —comentó Miguel, mirando de reojo la pierna amputada del galo-holandés.

—Sí. Antes de llegar Sara, los médicos me dijeron. Sara me ha terminado de contar cómo han sido estos dos meses. Pero supongo que tú tendrás muchas cosas más que contarme.

—Claro, pero poco a poco. Ahora debes recuperarte.

—¡Otro! —exclamó hastiado—. No hace falta que me digáis todos esa frasecita. Me voy a recuperar igual si me contáis las cosas como si no. Tener información no me va a matar más.

—Está bien, pues ponte cómodo si quieres, porque va para largo.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

Cuando Frédéric afirmó aquello, Miguel no pudo evitar arquear las cejas insinuando que él no tenía ese tiempo. Al menos, si quería solucionar el asunto relacionado con Guinea.

Durante buena parte de la conversación, Miguel se limitó a ponerle al día sobre los pormenores de todo lo relacionado con las gestiones realizadas a tenor del caso René y sobre todo de lo que acontecía en tanto al cese y cierre de la actividad de la empresa. En ningún momento nombró nada de la carta de Pachi ni lo que había descubierto sobre la desaparición de Alonso Palomares.

Pero ese momento tenía que llegar. Quizás no fuese el día. Decirle algo de esa envergadura el primer día después de despertar tras dos meses del coma era cuanto menos improcedente. Además, haciendo gala de su carácter prudente, quería averiguar qué había realmente detrás de esa carta antes de decirle nada. Si iba preparado y documentado, podría tener más claro un esbozo global de la situación a la hora de exponérsela a Frédéric.

Y lo cierto es que estaba cada vez estaba más convencido de que aquella información debía morir con él. A veces, lo que creemos cobardía o egoísmo, es precisamente lo contrario.

Desierto de Agadir. Marruecos

12 de diciembre de 1948

 “Hay cosas que no se ven con la vista. Cuando no ves nada, el resto de los sentidos se agudizan. Sus oídos escuchaban a gente hablando en su idioma, el español. El olfato le indicó que el húmedo y vegetariano aroma de la selva guineana se había transformado poco a poco en un seco olor a tierra y arena desértica”.

Antes de eso, su vida en el poblado era normal. Cazar, pescar, orar, soñar, vivir. Hasta que lo cazaron a él. No le dieron tiempo a reaccionar. Esos ocho o diez hombres de color aparecieron de la nada, como en una emboscada de leones a su presa. Por todos sitios. Lo rodearon y se lanzaron a por él en mitad del bosque, y a pocos metros de la costa. Había ido a pescar. Solo. Normalmente no era así, con lo que estaba seguro que llevaban días vigilando y controlando sus pasos.

Nada más apresarlo, lo subieron a una embarcación y desde allí navegaron hasta el puerto de Bata, avanzando por toda la línea de costa. Una vez allí, le taparon los ojos y lo condujeron hasta el aeropuerto. Allí, la gente que lo custodiaba se redujo, y ya no eran esos nativos de color. Parecían militares españoles, por su forma de hablar y su forma de actuar. Un militar siempre reconoce a otro militar, aún con los ojos tapados.

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