CAPÍTULO 3

Incluso ahora, se parecían más. Ese grado de vejez que había recogido su cuerpo a causa del estado crítico de su salud hacía que su apariencia fuese aún más idéntica a la de su padre.

El abrazo entre ambos duró mas tiempo que todos los que se habían dado antes juntos. Algo que no se prodigaba mucho entre ellos. Ese afecto emotivo y de contacto no entraba en la rutina de su relación, pero se querían y admiraban, cada uno desde su perspectiva y color. Con todo ello, se parecían. Muchísimo. O al menos eso pensaba su madre; y no sólo en el físico. Gerber y Frédéric eran dos holandeses de bien; rubios, altos, de ojos claros y espaldas anchas. Aunque, para Loreta, el parecido iba más allá. El carácter pertinaz, huraño y tajante era una evidente herencia de su padre. Eran de esos hombres que jamás lloran por fuera, pero que por dentro resultaba ser otra cosa bien distinta. Como madre, no pudo evitar que esa emoción saliese fuera al verlos abrazados como dos ositos grandes. La ternura con la que su sonrisa se entremezcló con sus lágrimas, embriagó toda la habitación.

—¡Basta, no voy a permitir que me hagáis llorar más hoy! —exclamó Loreta, acomodando las impolutas sábanas blancas y hablando sobre cosas triviales para disimular su emoción—. Mira que tienen limpio este hospital siempre.

—Mamá…

—Parece más un hotel que un hospital.

—¡Mamá, escucha! —clamó Frédéric—. ¿Quieres darme ya un beso y nos quitamos de encima ese trance?

—¡No seas tonto! No te ha reñido tu padre, pero lo voy a hacer yo. ¡Quiero que dejes ya de meterte en todos los líos que te metes. Busca un trabajo seguro de una vez por todas, no quiero más sustos así.

—Lo haré, mamá. No te preocupes más.

Ni en sus mejores sueños hubiese imaginado escuchar algo así. Loreta abrió los ojos de pleno y se quedó boquiabierta ante la tajante respuesta de su hijo.

—Gerber, ¿acabas de escuchar lo mismo que yo?

Él asintió alzando las cejas, con el mismo gesto de extrañeza en el rostro que su mujer.

—Poco puedo hacer ya por nadie en este estado. Sin pierna y sin intención…

—¡Por dios, Frédéric, no lo digas así!

La pérdida de la pierna, ahora que no estaba muerto, parecía ser lo de menos, pero lo cierto es que el impacto al verlo con ella amputada, era terrible.

—Ya no se puede hacer nada.

—Bueno, mira, no quiero hablar ahora de eso. Acabas de despertar, quiero abrazarte, quiero besarte, quiero que me cuentes cómo estás y qué has sentido todo este tiempo.

Loreta movía las manos con frenesí dando sus explicaciones pertinentes. Solía ser una mujer muy comprensiva y reflexiva, pero su estado de ánimo estaba revolucionado. Ser madre de Frédéric no era nada fácil, pero ella era seguramente una de las pocas mujeres a las que el galo-holandés no había engañado jamás. Loreta era su debilidad. Tenía total devoción hacia ella. Para él, significaba el vivo ejemplo de la fuerza, de la resistencia y del arrojo. A ojos de su hijo, ella era más valiente y resolutiva que todos los demás juntos. Lo único malo es que hablaba hasta la desesperación. Era capaz de hablar durante una hora sin hacer ninguna pausa. Desde que tenía diez años, Frédéric desarrolló una curiosa habilidad para desconectar cuando le hablaba, sin dar señales de ello. Pero aquel día, no quería apartar un segundo la atención de todo cuanto decía.

Se quedó mirándola con total entrega, mientras ella hablaba a increíble velocidad. Ahora entendía lo que sentía una madre y un padre por un hijo. En ese instante, tenía delante las respuestas a todo.

—¿Has soñado mientras estabas en coma?

—Muchísimo.

—¿Nos oías?

—No. Por momentos notaba la presencia de gente conocida, pero supongo que sólo una percepción extrasensorial producto de los recuerdos o algo así. En todo momento sabía que no estaba con vosotros y que algo había pasado en Praga. De donde vengo, si es que es algún lugar con nombre, se está muy tranquilo. No hay dolores ni sufrimientos. Se es libre y se tiene mucho tiempo para pensar. Estoy peor ahora. Soy consciente de toda la realidad. Me duele todo y casi no siento mi cuerpo, que es peor que no sentirlo nada de nada.

—¡Hijo mío! —suspiró Loreta.

—Vaya, hablas como si quisieras volver a irte allí —dijo Gerber, disimulando con una simpática mueca en los labios, su habitual tono reprobador.

—Por ahora voy a quedarme un tiempo, salvo que tengáis algún inconveniente.

—De verdad, hijo, siempre con tus sarcasmos —comentó entre dientes, Loreta—. Bueno, hablemos de cosas serias. Sara, Clarisa y el niño o la niña que viene de camino. Hay un testamento que hemos tenido que modificar. Patrick se ha encargado de todo el tema legal. Luego te lo traerá para que lo veas por si estás conforme.

—Ah, sí, eso. Bueno, hay muchos asuntos que ver aún con todo el mundo. Pero no hay prisa. Y vosotros, como ya veo que lo sabéis ¿Qué os parece ser abuelos?

—Pues mira. No ha llegado en el mejor momento la noticia, pero hacía tiempo que no me ilusionaba tanto por algo. Ya pensé que jamás sería abuela, y de repente. Tu padre dice que deberíamos…

Loreta, Gerber y Frédéric continuaron hablando durante casi toda la tarde. Sara se quedó acompañándolo durante la noche para que ellos descansaran del viaje. La movilidad de su cuerpo aún era muy limitada. Aún no podía ingerir alimentos ni bebida apenas, pero el diagnóstico de los médicos era muy alentador. Los médicos no encontraban explicación lógica a esa repentina recuperación. Incluso las pruebas realizadas con los electros en su cerebro indicaba una recuperación inverosímil. Pero Frédéric se negaba a referirse a ello como un milagro. Para él era simplemente instinto de supervivencia. Era una prueba más de vida que había superado, una aventura más en su morral.

*   *   *

Estuvo ausente durante casi toda la cena. Seguía pensando en aquella nota que le habían dejado esa mañana bajo la puerta de la oficina.

Tenemos a vuestro amigo Alonso Palomares y sabemos dónde están sus hermanas. Está vivo, pero esa situación no se prolongará durante demasiado tiempo, salvo que nos reveles la ubicación exacta del oro que transportaba el Douglas DC-3, accidentado en la selva de Guinea Ecuatorial el 13 de julio 1936. Esa información será entregada en la dirección adjunta en esta carta (‘Gasolinera Palomares’. Abarán, Murcia, España) dentro de 40 días o Alonso y sus hermanas morirán.

—A ti te pasa algo hoy. Bueno, siempre te pasa, pero hoy más. Estás como atontado ¿no? —comentó entre risueña y preocupada, Nathalie.

—¿A mi?

—No, al Miguel que tienes detrás meneando la sopa continuamente. Hace diez minutos que ya está más fría que mis pies.

—Perdona, está muy buena.

—Tranquilo, me gusta la sopa fría también. Pero no lo digo por eso. No me gusta verte tan serio y ausente. Hoy tenemos motivos para estar alegres ¿verdad?

—Sí, claro, tan solo es que… —dejó la cuchara a un lado y buscó el paquete de tabaco en su chaqueta colgada sobre el respaldo de la silla. Sacó uno y sin tocar nada de la comida se lo encendió—. Nada, no quiero aburrirte con trabajo.

—No me aburres, Miguel. Es más, me pareces un hombre muy interesante, incluso cuando te propones no serlo.

Una ligera sonrisa apareció en su rostro mientras prendía fuego al cigarrillo. Le ofreció uno a Nathalie, quien no dudó en extender el brazo y sentarse junto a él para compartir humo.

—Te advierto que yo no fumo para nada. Esto te va a costar una explicación.

—Puedes llegar a ser muy convincente ¿lo sabes?

—No te dejes seducir tan pronto por mí. Tengo mis defectos también, no te creas —respondió con un amistoso guiño de ojo.

Miguel se pasó la mano por la cara, colocó unos segundos la mirada en el infinito y recogió las palabras adecuadas para dirigirse a ella.

—A ver. Tengo que decirle algo a Frédéric. Pero creo que no debería. O a lo mejor, sí. Es algo que ha llegado a las oficinas y… —titubeo para no decir nada concreto. Nathalie se dio cuenta y reaccionó rápido.

—¿Y qué es lo que te frena?

—Pues el propio Frédéric. Lo que ha ocurrido es demasiado personal. Es casi una obsesión para él y no debería inmiscuirse en su estado, y menos aún con la que le viene encima.

—¿Necesitas que se inmiscuya?

Miguel levantó la cabeza, se quedó pensativo intuyendo hacia donde podía desembocar esa conversación.

—Tal vez. Es algo complejo. Algo que le atañe muy de cerca. Podríamos dejarlo estar, pero creo que no le gustaría que me lo callase. Además, para hacerlo tendría que eliminar pruebas y ocultarselo de por vida. Y Frédéric no es precisamente una persona fácil de engañar.

—¿Sabes? —profirió con ímpetu Nathalie, adoptando un gesto casi altanero—. En todo este tiempo que os conozco me ha dado la sensación de que tratáis a Frédéric como si fuese imprescindible. A veces, parece casi un superhéroe. ¡Entiéndeme, lo quiero muchísimo… os quiero muchísimo!, pero no hay nadie imprescindible en esta vida. Cada uno de nosotros somos claves en el devenir de todo lo de los demás. Y si me permites, creo que te infravaloras. Eres tan capaz de todo como él y como cualquiera. Hoy y estos días atrás, en tus ojos, veo miedo. Lo veo ahora mismo.

Miguel estaba absorto ante el firme y sonado discurso de Nathalie. En ese momento hasta le vio un atractivo especial. Cierto es que, salvo por ese suculento trasero bien colocado, no era la mujer más bella del lugar, pero ese fuego que emanaba de su carácter, sus palabras y sus actos era como un imán para los hombres.

—¿Miedo?

—Sí, miedo a ti mismo. No le debes nada a Frédéric. Has hecho todo con él y por él. Debes dejar de vivir bajo su sombra.

—Eso no es así, Nathalie. Todo lo que he hecho ha sido porque he querido. Hemos crecido juntos y lo hemos logrado todo juntos.

—Pero su nombre es el que recuerdan todos.

—Pero también es el que está en esa cama luchando entre la vida y la muerte. No deberías juzgarlo tan a la ligera. Lo conozco muchos años. Sé quién es y por qué hace las cosas  —comentó el español, con cierta aspereza.

—No lo hago —reprobó ella, reculando en su imperante tono. Dime una cosa ¿Podrías hacer ese trabajo o lo que sea tú sólo?

—No lo sé. Sinceramente, no lo sé.

—Te haré la pregunta de otro modo ¿Podría hacer Frédéric ese trabajo él sólo? —el rictus de Nathalie era cada vez más acuciante. Estaban sentados frente a frente, humeando sus cigarrillos y hablando como un perfecto matrimonio.

—Ahora mismo es evidente que no. Y en condiciones normales puede que tampoco. Y aunque pudiese, no lo haría.

—Pues haz tú lo mismo.

—¿A qué te refieres?

—No le mientas, pero marca tú los pasos esta vez. Esta vez te tocará a ti ser Frédéric y a él le tocará ser Miguel o no ser nada —la mirada de Nathalie rebosaba convicción y fortaleza—. Eso sí, siempre y cuando quieras inmiscuirte tú en lo que sea que esté ocurriendo. Al único al que le debes algo es a ti.

—Después de todo lo que ha pasado, no sé si deberíamos volver a asumir ese tipo de riesgos.

—Cielo, vivís en el riesgo desde que nacisteis. Lleváis esa palabra en la sangre. Pero tú eres quién tiene la última decisión.

Nada más concluir esa frase, su mano, sin planearlo pero tampoco sin censura, aterrizó en un terreno peligroso. Cruzó esa delgada línea que separa la confianza de la intimidad. Un hombre nota cuando la caricia de una mujer lleva connotaciones sensuales. La tensión y la velocidad de sus movimientos no son iguales. El calor que se genera en las partes del cuerpo en contacto es una alarma automática de que algo está ocurriendo. En ese corto espacio de tiempo para pensar, podían pasar dos cosas entre Nathalie y Miguel. O esa hoguera se apagaba para siempre sin mediar incendio alguno, o se detonaba una chispa que les llevaría a invadir su espacio sexual al menos por una noche.

—¿Estás segura de que hacemos lo correcto? —en otra ocasión, en otra época y en otras circunstancias, Miguel no hubiese hecho esa pregunta. Pero hoy día, esa cortesía sí procedía.

—¡Yo sí! —dijo ella, adoptando un suave y entregado susurro de voz.

El español dejó su cigarrillo casi consumido sobre el cenicero y colocó la palma de su mano sobre el dorso de la mano de Nathalie. Fue agarrándola poco a poco y con ademán varonil arrastró sutilmente el cuerpo de ella hacia él. La respiración de ambos era un motor en plena excitación y temor. Pero eso sirvió de imán para que Nathalie se sentara en jarra y de frente sobre las piernas de Miguel. Lo siguiente que ocurrió, tras una fugaz mirada pasional, fueron sus rostros acercándose lentamente. Sus narices rozándose con insinuante sensualidad hasta que el final de la boca de ella se convirtió en el principio de la de él. En ese instante, el fuego alcanzó su chispa adecuada. Aquella noche se detonó el incendio que venía anunciándose entre ambos. El salón de la casa de Miguel se convirtió en un desgarro del alma, de sentimiento y de pasión emanada de los cuerpos de ambos.

Después de hacer el amor, ambos se abrazaron y sin mediar palabra, lloraron. Así estuvieron, pegados, acariciándose y besándose hasta que el sueño les ocupó el resto de la noche.

Nathalie no era Lucía, ni tampoco podría llegar a serlo nunca, pero esa noche sintió que podía compartir el resto de su vida con ella.

Miguel era más de lo que ella jamás había soñado. Un hombre recto, inteligente, fiel, sincero y fuerte. Todo lo contrario a los hombres con los que había tenido la desgracia de compartir cama y mesa. Y para colmo, era como a ella le gustaban físicamente: moreno, pelo rizado, atlético y no mucho más alto que ella. Le encantaba mirar a los hombres de tú a tú, sin tener que quebrarse el cuello ni rebajarse a su sumisión. Natalie era una mujer a la que le gustaba dominar tanto como que la dominaran.

CAPÍTULO 4 

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