CAPÍTULO 4

La muerte es algo bien distinto a medida que pasan los años. Algo tan lógico desde el punto de vista natural puede llegar a ser un completo trauma para la mente humana.

Quizás, si dejásemos de pensar en lo que hay más allá de la muerte y pensáramos en lo que hay más acá, la cosa cambiaría bastante —pensaba a menudo Pascal—.

El veterano piloto esperaba a Patrick apostado en la puerta del hospital, mascando su regaliz, con su habitual estampa contemplativa. Patrick se había quedado a solas con Frédéric aquella mañana del 3 de marzo para dejar perfilado todo lo relacionado con el testamento, además de ciertos asuntos relacionados con su propia jubilación. 65 años de oficio ya habían dado lo suficiente de sí como para permitirse  honradamente un retiro a las afueras del mundanal ruido, y dedicar los días a la pesca, a leer y a ver pasar el tiempo.

Ese momento decisivo era, sin duda, otro tipo de muerte. ¿Qué hacen unos tipos que no han conocido nada más en la vida que su trabajo? No era fácil hallar respuesta a esa diatriba, pero lo cierto es que sin darte cuenta ese momento en que sabes que ha llegado el final de una etapa aparece sin previo aviso. Y es un error más grande aún alargarla más de lo necesario.

Patrick cruzó la puerta del señorial hospital Hôtel-Dieu de París prendiendo las brasas de su pipa Darwill. Con su habitual  gesto serio y conspicuo se colocó su sombrero fedora y después el pañuelo de seda que lucía anudado al cuello. Al pasar junto a Pascal le indicó con un movimiento preciso de cabeza que ya podían marcharse. Era curioso como aquellos dos hombres tan dispares en vestimenta y carácter infunden, cada uno en su estilo y forma, tanta elegancia. Uno muy recatado y solemne, en el caso de Patrick;  y otro con ese estilo e imagen tan aventurera y pragmática. Pascal era un hombre a una cazadora pegado. El paso de los años iba haciendo mella en su rostro cada vez más agrietado y con menos frondosidad en su cabellera, pero seguía desprendiendo ese aire de juventud imperecedera en su empaque y caminar.

—¿Todo bien? —profirió Pascal con su profunda voz rasgada.

—Sí. Ha sido la conversación más fácil que he tenido con Frédéric jamás —respondió Patrick con franqueza y desconcierto.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es raro. Toda la vida deseando que este hombre dejase de un lado su impulsividad y esa sangre caliente que se lo come todo, y ahora que es así, me siento extraño. Uno llega a acostumbrarse hasta de los defectos que ve en los demás.

—Lo que le ha sucedido ha debido de cambiarle mucho la forma de pensar. Además está muy medicado. Su impronta es lógico que sea otra —Pascal no dijo muy convencido aquello, aunque trató de que se viese así—. Me quedaré una temporada aquí para ayudaros con lo que haga falta.

—Te lo agradezco.

—Agradécemelo cuando estemos jubilados del todo. Este chaval no nos ha matado de milagro estos últimos años. Demos gracias de poder malvivir unos pocos años más.

—Pascal, ¿te puedo preguntar algo?

—Si vas a aceptar lo que te responda, sí.

—¿Te retirarías si Frédéric no estuviese así?

—¿Quién te ha dicho que me voy a retirar? Aún me quedan unos años de trabajo, solo que no aquí. Lo que yo tenía que aportar a Frédéric ya se lo he aportado, y viceversa. Las relaciones hay que saber cuándo zanjarlas antes de que escuezan —explicó sin dejar de mascar la regaliz, mientras avanzaban hacia el coche.

—¿A qué te refieres? Pensaba que erais uña y carne.

—A nada en concreto, creo que las cosas pasan por algo, simplemente. Nos conocimos casi por azar y sin comerlo ni beberlo me embarqué en sus historias. Después de esto, creo que nuestros caminos deben volver a separarse. Nada más. Tampoco me voy a la luna, si necesita cualquier cosa que yo le pueda dar, solo tiene que llamarme, ya se lo he dicho antes —pascal siempre había sido muy claro y transparente. Incluso con ese punzante sarcasmo que acostumbraba a sacar, casi todas sus palabras eran sentencias categóricas. Era un hombre directo y consecuente. Acción-reacción.

—Por cierto ¿Qué se te ha perdido en Bélgica? Nunca te lo he llegado a preguntar el por qué de ese destino.

—Los abuelos paternos de Clodette, mi mujer, eran belgas. Al morir nos dejaron una pequeña casa en la costa, muy cerca de Dunkerque. Tras la muerte de Clodette, soy el único heredero. No tenemos hijos y sus hermanos tampoco siguen con vida. Algún día vendrá alguno de sus sobrinos reclamándola, pero por el momento allí puedo descansar tranquilamente una temporada mientras veo cómo reconstruyen la ciudad. La guerra y la operación Dinamo la dejaron bastante perjudicada, pero aquel lugar tiene un encanto especial. Además, hay un aeródromo muy cerca y puedo dejar el avión aparcado. A ver si con suerte me dan trabajo allí. A las malas, volveré a fumigar campos. Aún me queda carrete para largo —confesó con una mueca socarrona y una mirada cómplice al abogado.

—No parece mal plan. Algún día iré a visitarte.

—Si vas, acuérdate de llevar un buen vino.

—Descuida…

Ambos subieron al coche, el viejo AFA blanco de dos puertas que Frédéric le había vendido el año anterior, y pusieron rumbo a las oficinas de FMP investigadores para recoger toda la documentación que iban a necesitar para las gestiones de ese día. El trayecto entre el hospital y la Rue de Dragón fue todo lo normal que podía ser, salvo por algo que hizo saltar las alarmas en Pascal.

Antes de entrar en la calle de las oficinas, dio un rodeo por la manzana anterior. Patrick lo miró extrañado, pensando que se había confundido. Algo muy raro en Pascal, pero no le dijo nada hasta que volvió a dar el segundo rodeo.

—Perdona, pero me da la impresión de que estamos haciendo una ruta turística por la zona, ¿algún problema?

—¡Nos sigue alguien! —espetó Pascal, mirando con reconcomio por el retrovisor. Se había dado cuenta hacía varios minutos, pero quiso constatarlo provocando esa situación ilógica dando rodeos a la manzana. Paró el coche en la orilla de la calzada y siguió mirando por el espejo retrovisor el coche que creía le seguía. Un Renault 4-4, color amarillo y con dos personas a bordo se paró 80 metros más atrás. Patrick empezó a inquietarse y giró la cabeza para mirar a través del plástico transparente de la capota.

—¿Ves ese Renault amarillo?

—Sí.

—Lleva siguiéndonos desde que cruzamos el río.

—¿Estás seguro?

—Estaba aparcado en la orilla de la carretera. Al salir del puente, se puso detrás de nosotros y se ha mantenido a cincuenta u ochenta metros todo el tiempo. Después de dos rodeos, mucha casualidad es que esté siguiendo la misma ruta ¿no crees?

—Pues es un color ese un poco llamativo para seguir a alguien.

—Viene del África Korps. Es el color con el que pintaron ese modelo durante la segunda Guerra Mundial. La compañía estuvo controlada por la ocupación alemana y enviaron muchos vehículos al continente negro en el 47. Ese coche viene de allí, o de España. No veo bien la matrícula. Pero muchos se matricularon allí al volver de África.

Patrick miró sorprendido a Pascal, a la vez que ponía la mano en la manivela de su puerta para abrir la puerta. Pascal, sin girar la cabeza, le dijo:

—¿Dónde vas?

—A preguntar. Lo mismo necesita algo —respondió sarcástico.

Sin mediar más palabras, el abogado de FMP salió del coche, cerró su puerta y con talante decidido emprendió la marcha a pie hasta el coche que parecía haberles seguido. La calle estaba muy concurrida. Una mañana de un jueves de marzo en las calles de París era de todo menos solitaria. Algo que comulgaba muy bien con el trabajo de espiar o vigilar a alguien, pero para Patrick, la idea de estar controlado aquel día no iba consigo. Tomó  la sartén por el mango y aceleró el paso hacia el Renault.

Quienes fuesen los hombres que iban dentro debieron darse cuenta de las intenciones de Patrick. Arrancaron el coche cuando a este le quedaban veinte metros para llegar a su altura y giraron la dirección por completo, yendo calle abajo. Aquello no olía nada bien, y Pascal tenía razón. La matrícula del coche era española. A priori no significaba nada sospechoso para ellos, pero era un dato sin duda a tener en cuenta, si era cierto que aquella gente andaba siguiéndoles por algún motivo. La matrícula era: M-32015. España.

*  *   *

La cafetera Hellem era de los pocos útiles de la oficina que a Miguel le agradaba ver. Un artilugio capaz de elaborar sus cafés imposibles. Además de la cerveza, el café era su vitamina y droga diaria, y en esos dos últimos meses se habían convertido en el transporte más eficaz para paliar sobrevivir ante la caótica situación laboral y personal que atravesaba. Hellem era parte de su familia y si algún día no muy lejano dejaba esas oficinas, ella se iría en su maleta consigo.

Pasaba el medio día y París presentaba un aspecto inmejorablemente negro. El día estaba muy cerrado pero no terminaba de romper a llover. Una situación de incertidumbre que te mantenía con el cuerpo raro. Era como esa sensación de querer estornudar y no poder.

Despidió muy temprano a Nathalie. Lo que había sucedido la noche anterior abría un horizonte cambiante en su relación. O como mínimo una conversación pendiente quedaba al respecto. El sexo puede unir a dos personas para una noche o para toda la vida, pero también puede separarlas para siempre. Entre esas tres opciones, ambos deberían elegir. No obstante, su máxima inquietud y ocupación durante toda la mañana fue darle una solución rápida y efectiva a la situación que se le había presentado con la nota que le había llegado el día anterior.

Miguel sostenía el teléfono negro de baquelita de su mesa con la intención de llamar a Reims, coronel del ejército francés afincado en la base militar de París, amigo de Frédéric y gran apoyo de FMP desde siempre, pero algo le impedía hacerlo con total decisión. Dudó varias veces antes de descolgar el auricular. Algo le bloqueaba. Tenía demasiados nombres, demasiadas conjeturas y demasiados flecos sueltos que se amontonaban en su cabeza, con lo que necesitaba abordar una línea de actuación coherente ante el conflicto que se le había presentado. Convino en que lo primero sería cerciorarse de que las hermanas de Alonso estaban aún a salvo.

Cuando retomó la iniciativa, levantó el teléfono y llamó a Reims. Necesitaba un favor. Un visado de tránsito turístico para poder moverse sin problemas por España, así como un transporte de alquiler turístico que lo recogiese en la frontera de Francia y Huesca para pasar lo más desapercibido posible por todos los puestos fronterizos. EL coronel tenía amigos en todos sitios y había pocas cosas que no pudiese conseguir para moverse por cualquier sitio.

Agarró el auricular, se lo colocó en la oreja, sujetándolo con el hombro y marcó el teléfono del despacho del Reims. Este no tardó en atender a la llamada. Dos tonos y ya estaba al otro lado de la línea.

—Hola coronel.

—Hola Miguel ¿Cómo va todo?

—Bueno, mucho trabajo. ¿Y tú?

—Pues liado también con un embrollo sobre un soldado francés aparecido muerto en un submarino de la marina norteamericana.

—¡Vaya, interesante!

—No te creas, más política y burocracia que otra cosa —explicó con desidia.

—Si necesitas algo…

—Tranquilo. Y tú ¿puedo ayudarte con algo? Mañana quiero ir a ver a Frédéric. Me dijeron que ha despertado.

—Sí, ha sido tremenda la noticia. Algo milagroso. Yo le llamaba para pedirle algo —fue directo al grano, no tenía la cabeza para rodeos—. Un pequeño favor.

—Dime, si está en mi mano, ya sabes que haré cuanto pueda —Reims era un hombre muy ducho en todo. Detectó enseguida el estado de inquietud de Miguel, pero esperó a ver que tenía que pedirle.

—Necesito viajar a Abarán, En Murcia, España, en calidad de turista y me gustaría que un vehículo español me recogiese en la frontera de Huesca.

—Quieres pasar desapercibido, ¿no?

—Más o menos.

—Más que menos, por lo que veo —dijo, rechinando algo el tono.

—Es una última comprobación que tengo que hacer disimuló. O al menos lo intentó.

—¿Me lo vas a decir tú o te lo tendré que sacar yo? ¿Abarán?

—Es una simple visita para verme con alguien perdido del pasado.

—Entiendo. No creo que sea problema conseguirte lo que me pides, pero necesito algo de información por si he de dar explicaciones. ¿Comprendes?

Frédéric era quien trataba normalmente con Reims. Sabía cómo debía abordar ese intercambio de favores con los contactos y personalidades influyentes habituales de FMP. Por suerte, Reims era un tipo muy servicial y de confianza, aún así, no podía revelar nada sobre la carta.

—Sí. Bueno, Pachi ha enviado una carta desde Camerún —entonó su voz con firmeza y naturalidad para disimular y que no pareciese muy dulcificado lo que le estaba contando—. Hay alguien que quiere decirnos algo relacionado con el Dragón Perdido y tiene que ver con algo que sucedió en Guinea durante la navidad pasada. No hay nada peligroso, pero ya sabes que este tema es muy delicado en España y no podemos arriesgarnos.

Reims dejó correr un sombrío silencio que puso algo nervioso a Miguel.

—No quiero inmiscuirme demasiado en esto, Miguel, ya sabes que me retiraré pronto, pero con Frédéric así, creo que deberías olvidarte de todo lo que tenga que ver con Guinea, Alonso y el avión —comentó, con sosiego pero sin dejar de mostrar su taxativa postura.

—Es sólo que… Bueno, hay cosas que no acaban como queremos ni cuando queremos. Frédéric… Ya sabes que este tema es muy importante para él.

—Lo sé, lo sé, pero ten cuidado y recuerda que mientras esté vivo puedes contar conmigo. Eres como un hermano para Frédéric, por lo tanto eres como un hijo para mí.

—Gracias, Coronel. Te mantendré al tanto. Muchísimas gracias.

—Mañana iré al hospital, si quieres nos vemos allí.

—De acuerdo.

—Hasta mañana entonces.

CAPÍTULO 5 

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