CAPÍTULO 5

—¿Estás segura de hacer esto, Madeleine? Sus hermanas siguen estando aquí. Alonso no haría nada que les pusiese en riesgo.

Pachi era un hombre aguerrido y decidido, pero aquella petición de Madeleine le supuso demasiadas dudas. Era como volver a abrir la caja de los truenos.

—Totalmente. Actúen o no, deben saberlo. Lee la carta, sólo ellos podrán interpretarla —respondió la indígena. Después de todos esos años en ella ya no quedaba un solo rasgo de francesa ni de occidental. Era una mujer Ndowe en cuerpo y alma—. Acompáñame a la Base militar de Kribi. La enviaremos desde allí con tu nombre. Es un conducto fiable. Yo estoy muerta y así debe seguir siendo, pero hay gente que no debe morir de nuevo. Gente que no debe morir nunca.

—Después de enviar esta carta, debo desentenderme de todo. Yo también tengo familia y la gente como yo en Guinea está demasiado vigilada por el gobierno español.

—Es navidad, y la gente se envía cartas de felicitación. Será la última vez que sepas de mí, Pachi. Será la última vez que Frédéric sepa de ti, posiblemente sea la última vez que tengamos un presente un pasado o un futuro que nos una, pero debemos enviarle esta carta.

*   *   *

—¿Qué tal socio? —Miguel y Reims asomaron sus cabezas desde la puerta.

—Hola, bien, pasad. Perdonad que no me levante —un sarcasmo fácil pero gracioso que ambos visitantes supieron reir adecuadamente.

—Veo que tu humor ha mejorado bastante —apuntó Reims revisando el estado físico de Frédéric.

—Debe ser la medicación.

—Nathalie te manda recuerdos —apuntó Miguel—. Hoy no ha podido venir a verte.

—Tranquilo, bastante tendrá con tenerte a ti bien atendido.

—Vaya, veo que los rumores corren rápido en este hospital…

—Señores, los cotilleos mejor dejarlos para cuando no estéis delante de un oficial de mi rango, nunca se sabe para qué podría utilizar esa información. Por cierto, Sara nos ha puesto al día del parte médico, al parecer son todo buenas noticias. Pronto volverás a darme el follón con tus misteriosas peticiones… —insinuó el coronel con segundas intenciones.

—Lo dudo, jefe. Creo que al final me voy a jubilar antes que tú.

Miguel y Reims se miraron con disimulo, intuyendo cada cuál la intención y la respuesta del otro, pero fue la sabia voz del coronel quien introdujo la frase exacta para el momento.

—No cabe duda de que te has ganado un buen retiro. Empezaste a cabalgar demasiado pronto, demasiado rápido y en todas direcciones. Eres un pura sangre, y ese tipo de caballos tienen una vida laboral más intensa que larga.

—Socio —interpeló Miguel—. No te preocupes de nada.

—Bueno, algo quedará para preocuparme, pero te ocupas tú —rió, convencido de que ambos depositaban la confianza necesaria en el otro, y de que pese a todo seguían siendo un equipo, aunque en ese instante se estuviesen jugando los últimos minutos del partido.

*  *   *

La lluvia había amainado por fin al llegar la noche. Un importante aguacero asedió durante toda la tarde la ciudad. París se bañaba en agua con facilidad durante esos primeros meses del año. Los parisinos han aprendido a vivir bajo un paraguas, o con sus hombros bajo una sábana de agua. No turbaba el devenir de los días ni la vida de sus gentes, pero convertía esa ciudad en puro misticismo. Los reflejos de las luces, las ventanas llorando y la romántica estampa invernal hacía que las calles tuviesen un aspecto tan acogedor como sinuoso.

Frédéric llevaba casi toda la tarde sin hablar. Su mirada y el gesto de su rostro indicaban un acentuado mohín melancólico. La ventana de la habitación parecía ser su retiro espiritual. Sara lo miraba de reojo mientras adecentaba la estancia hospitalaria. No quería perturbar su estado de relajación pero tenía una terrible curiosidad por saber que sucedía dentro de la renovada cabecita del galo-holandés.

—¡Sara! —la llamó de repente. Ella se ahogó en un sobresalto.

—¡Dime, cariño!

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro. ¿Por qué no ibas a poder?

Frédéric retiró la vista de la ventana y la puso en ella, dándole a entender que era un comentario retórico. Una forma de iniciar la conversación. Ella se relajó y se acercó despacio al borde  de la cama.

—Cuando salga de aquí, nos iremos a Holanda.

Sara arqueó el cuello en un gesto de duda.

—Me refiero irnos a vivir para siempre. Dejar París. Si Clarisa y tú queréis, claro —le comentó con un tono muy apacible. Sara no supo qué responder en ese momento.

—¿Y esto? ¿Por qué has pensado eso ahora?

—Ha llegado el momento de alejarme de todo lo que he sido hasta ahora, de todo lo que me aleja de vosotras. Vacaciones de mí mismo, para siempre. Las mezclas no salen bien.

Sara se sentó en el borde de la cama. Respiró profundo y le puso la mano encima del vientre a Frédéric.

—¡Vamos a ver, caballero! —exclamó con delicadeza en su tono—. ¿Me puedes decir qué te pasa? Es normal que estés confuso y que todo este tiempo te haya cambiado tus prioridades y tus preocupaciones, pero estás irreconocible. Es como si te arrepintieses de todo lo que has sido. No sé, me resulta raro verte tan derrotista con tu vida. Y ese aire filosófico que llevas ahora… sexy, sexy no es del todo. Lo digo por si estás intentando ligarme así —sonrió con esa preciosas sonrisa que sólo ella sabía dibujar.

—¿Ligarte? Que va, no podría pasar otra vez por ese calvario —ambos rieron con chanza, al menos el humor negro no lo había perdido, pensó Sara—. Pero no es derrota lo que me sucede. No sé lo que es, pero es. Tal vez esté cansado de perseguir cosas que no alcanzo o de dejar en el camino cosas que no debo. Un alcohólico no deja de beber por que sí. Tiene que haber una razón de peso que le obligue a ello. Quizás la mía tuvo que ser haber conocido la muerte o haber perdido la pierna o haber estado a punto de perderos a ti, a Clarisa y a ese bebé que llevas dentro.

Aquellas palabras eran lo más sensato y lo más extraño que Sara le había escuchado decir a Frédéric. El hombre que tenía frente a ella le cambió su vida. Le dio una razón para ser feliz cuando todo estaba perdido, y ahora, ese hombre se entregaba a ella por completo. No puedes cambiar a nadie, ni tampoco puedes cambiar por nadie, pero cuando alguien cambia para ti por su propia voluntad, jamás podrás negarle nada.

—Te quiero, Frédéric. Te quiero como jamás he querido a nadie. No lo dudes nunca. Haremos todo lo que tengamos que hacer, pero lo haremos juntos.

El inminente primer beso de pasión que iba a suceder desde que Frédéric despertó, se vio truncado por la visita del doctor Salgar.

—¿Interrumpo?

—No, adelante doctor—dijo rauda Sara, alzándose de la cama ruborizada—. ¿Qué sucede?

—Tranquilos, vengo con buenas noticias. Los resultados de los análisis de sangre están dentro de la normalidad permitida. Las radiografías y los electrocardiogramas indican un diagnóstico muy positivo. Si todo sigue así, en unos días podremos empezar con la rehabilitación. Vamos a cambiarle la medicación por otra menos agresiva, y mañana ya podrás empezar a comer líquido y beber agua —explicaba el doctor sin perder su rictus cordial y grácil.

Salgar era un hombre muy cercano y natural para el relevante nombre que tenía dentro el gremio de medicina de París. Normalmente la gente de su posición solía ser muy estirada y poco accesible, pero en su caso era todo lo contrario. Aún así, era un tipo de carácter, exigente y le gustaba que todo estuviese bien atado.

Se colocó el estetoscopio en los oídos y acercó el otro extremo a Frédéric para auscultarle el pecho y los sonidos intestinales. El delicado estómago de por sí de Frédéric, se veía más afectado aún con los medicamentos que le estaban administrando. No obstante, la dolencia no era excesivamente alarmante. Con todo, la vigilancia médica debía ser continua. Aún quedaban muchas semanas para que el galo-holandés saliese de aquel hospital.

—Cuando empecemos con la rehabilitación hablaremos de los tipos de prótesis que hay para las amputaciones. Por ahora, no es necesario puesto que los ejercicios que haremos estos primeros días serán aquí, en cama. Pero eso ya será la semana que viene.

A Sara se le hacía un nudo en el estómago con esas conversaciones. Sin embargo, Frédéric parecía no inmutarse ante su tullida situación. Aún no se podía asegurar si era una postura de entereza ante lo que tenía por delante, o sí aún no se había hecho a la idea de lo que le había sucedido. Sara tenía miedo de no saber cómo evolucionaría su estado de ánimo con el paso de los días, cuando empezase a hacer poco a poca vida normal y cuando comenzase a ver que esa vida no iba a poder ser tan normal. Durante todo este tiempo, para todos, la anormalidad de sus vidas se convirtió en algo habitual. Los animales son animales de costumbres, y no es fácil cambiar de hábitos. Pero a todos les cambió el presente y el futuro.

—Gracias doctor. Le agradezco mucho todo el esfuerzo que está empleando conmigo.

—Frédéric, es mi trabajo —espetó, con un cariñoso guiño.

—Eso demuestra que es un profesional.

—Descansad, mañana me vuelvo a pasar por aquí.

—Hasta mañana doctor —despidió Sara, acompañando al Salgar a la puerta.

Al volver, se encontró de nuevo esa contemplativa y ausente mirada de Frédéric. Sin previo aviso puso la conversación más inesperada sobre la mesa.

—¿Qué te parece Helena si es niña o Víctor si es niño?

Sara lo miró con sorpresa y agrado a la vez. No se esperaba esa reacción ni ese primer comentario tras la marcha del doctor, ni tampoco de dónde se había sacado esos nombres ni por qué.

—¿Y eso? No sé, bien, son bonitos, pero…

—Sí, me gustan —divagaba, mirando al horizonte de su habitación, como si estuviese viendo en algún lugar de su mente el sentido de todo.

—A mi también. Son buenos nombres.

—Lo son.

—Pues no se hable más —concluyó Sara, ahuecando la almohada donde reposaba la cabeza de Frédéric—. Por cierto, Constantino envió una carta desde Nuremberg esta mañana. Es de Petra, ¿quieres que te la lea?

—No, déjala ahí, la leeré mañana, estoy cansado, necesito dormir.

—Me parece genial. Apagaré la luz.

*  *   *

25 de Febrero. Londres.

Hay veces en la vida en las que aparecen hombres buenos que luchan para que la verdad nunca desaparezca. Como Frantisek Löbl o como tú, que pusisteis verdad en mi vida. Muchísima gente está en deuda contigo, pero sobre todo yo. No hay un solo día que pase que no rece para que salgas de ese sitio al que te he enviado, para que vuelvas con los tuyos. Espero que algún día puedas leer esto y que sepas que el mundo sin personas como tú es un mundo más oscuro.

Petra Darwill.

FIN

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CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

 

 

 

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