TODO EMPEZÓ CON UN TELEGRAMA A MÍ MISMO…

12 de julio de 1936, 20:20
By Air. Imperial Airways a San Javier, Murcia (Base Aérea).
«[…] Alonso, soy tu hermano […] stop hemos salido a las cinco desde Croydon […] stop nos desviaron al aeropuerto Casablanca por problemas en Gando y combustible […] stop Debíamos estar en Gran Canaria ayer […] stop Algo debe pasar porque llevamos cargamento muy pesado en cola […] stop Han bajado parte […] stop ahora vamos en avión piloto, radiotelegrafsta, Rosa, y yo 20131126_120746[…] stop han bajado […]»

Ahí acababa el telegrama roto. Era la parte superior de lo que alguna vez debió ser un documento completo. Iba estampado con el sello de una compañía aérea británica en la parte superior derecha. Y, muy a su pesar, faltaba la otra mitad, que posiblemente contuviera la información necesaria para hallar la pista definitiva de aquel enigma.


Puede que aquel trozo de telegrama no llegase solo a Frédéric, puede que aquel telegrama se lo hubiese enviado realmente Víctor M. Mirete a Frédéric.  Ahora ya no hay dudas de que ese espía galo-holandés vino para cambiar su vida, vino porque se le acababa la parte de su vida más suya. ¿Y por qué digo esto? Os pondré en antecedentes:

Desde niño Víctor fue un chico enérgico, hiper creativo, efervescente e inquieto. Un torbellino de ideas y de vida con un potencial ilimitado (según los profesores y mis allegados). Era un niño que construía, que ganaba concursos de dibujo, que sacaba las mejores notas de todos los colegios por los que pasó (Colegio Vistabella, Colegio Parra y Colegio Vicente Medina). Un niño que era llamado por todos sus amigos para ayudarles a soñar, imaginar, crear e incluso decorar sus habitaciones. En palabras de profesores: —Tiene a todos sus compañeros revolucionados. No para, es pura energía e imaginación.

En fin, algo de lo que sus padres podían presumir y alardear. Una época que se estiró hasta los 14-15 años. Fue en ese ciclo de vida, con la entrada en el BUP (Instituto Francisco Salzillo), cuando la tendencia constructiva de ese niño voraginoso cambió. En poco tiempo, sin previo aviso y sin premeditación alguna, su vitalidad y su curiosidad se desbordó. Empezó a tener una visión confusa de su entorno y de él mismo. Su carácter vivaz, jovial y atrevido le llevó a ganarse una popularidad entre sus iguales y compañeros. El problema es que agarró esa popularidad por el lado equivocado de la fuerza. Comenzó a rodearse de quien no debía, a frecuentar con demasía sitios que no debía, a experimentar cosas que no debía y a ganarse deméritos que no enorgullecen a nadie. Se convirtió en poco tiempo en el hijo, nieto, hermano o yerno menos deseado. Empezó a perder la rebeldía de la niñez por la anarquía académica-social y acabó con toda la proyección que tenía. Acabó con su yo interior, con el don o las habilidades que tenía para vender otras que no le iban a reportar ningún beneficio a largo plazo.

Es cierto que en Víctor existe una connotación muy alta de antisistema, de independencia, de rebeldía y de anti convencionalidad, !pero coño, es un artista, un escritor y eso va en el cargo! Lo malo es que durante una época demasiado larga, su vida se convirtió en algo destructivo hacia sí mismo. Se apartó del camino y de la línea que podía ofrecerle un futuro estable. Suspenso tras suspenso, expulsión tras expulsión y refriega tras refriega hicieron que la parte más vocacional de su interior se diluyera. La escondió detrás del escudo erróneo que se había puesto. Dejó que esa creatividad se evaporase y solo estuviese presente en soledad y en momentos de decadencia. Se convirtió en un ser huraño de sí mismo y en un ser desidioso, esclavo y pendenciero. Una persona inconstante, que no cumplía nada de lo que se proponía y que no atinaba a ser feliz. Aún así, había subidas y bajadas, porque cuando uno tiene tanta sed de expresión y de creación, es imposible erradicarla del todo. Es una especie de droga que circula por tus venas. Escribió pequeños relatos con sus amigos como personajes, se introdujo en la poesía como arma de ligoteo y se adentra en la curiosidad académica por las artes audiovisuales. Con todo, su cabeza era demasiado volátil  y falta de mobiliario. Apareció el miedo al ridículo, a no encajar en un entorno en el que no debía encajar y se alejó del que sí debía.

Por suerte, el camino no condujo al abismo. Pero no es mérito suyo, para nada. Todo el mérito lo tienen sus padres y su hermana. Fueron ellos quienes iban desviando sus pasos para que no acabase hundido en el precipicio. Fueron ellos quienes desde siempre han sabido sembrar sus cimientos de valores inequívocos y necesarios. Valores que a día de hoy promulga a sus hijos. Y es que tanto se alargó la época destructiva, que a los 22 años fue padre y entendió de donde nacía el sufrimiento y la entrega de sus padres.

Aquel “accidente” posiblemente fue el primer telegrama para Víctor. De repente, solo aparecían dos caminos delante suya. El de la responsabilidad y el de la debacle. Tras suicidar todas las esperanzas de futuro que sus padres habían albergado, agarró su vida y sus decisiones con total empeño para adentrarse en el camino de la responsabilidad. Había que darle de comer a esa niña que iba a nacer de unos padres extremadamente jóvenes, inestables e inexpertos. En aquel momento, tras varios cursos de instituto repetidos, y la desidia de estudiar una carrera, Víctor entró en un módulo de formación profesional (Mantenimientos y servicios a la producción) coincidiendo con el embarazo y el alumbramiento.

Fue tal la dosis de responsabilidad, que obtuvo la mejor nota de la historia de ese módulo en ese instituto (9,8 de media global). Aquello le posibilitó entrar en una empresa líder del sector y no conocer el paro a día de hoy (toquemos madera, porque recordemos que de la literatura viven bien pocos). En poco tiempo obtuvo un reconocimiento por parte de su empresa y fue llamado a crecer rápidamenteFoto0846. Esa fue la prueba de que en Víctor siempre había estado latente un potencial constructivo pero su energía siempre había estado desbordada y mal canalizada por él mismo.  De modo, que el camino había vuelto a iluminarse de alguna manera, pero el sendero del amor con la madre de su hija mayor no encontró una línea correcta y prolongada en ese proceso de catarsis.

Cuando la niña tenía dos años, su relación con la madre acabó, junto con otras muchas cosas más. Volvió a casa de sus padres y comenzó otro ciclo de desestructuración. Todo por lo que había luchado, todo lo malo de lo que se había apartado y todo lo que había superado, de repente se fue por el retrete. Volvió entonces el Víctor inestable, volátil y anárquico (Conste que a día de hoy la relación es cordial y la niña eternamente feliz, no son unos degenerados). Y esa fue otra época de sequía creativa. Una época demasiado superficial, demasiado teatrera y demasiado peligrosa. Se reencontró con un mundo canalla y volvió a perder la oportunidad de ser feliz siendo él mismo y luchando por lo que su interior le ordenaba. Y además, se encontró con que cualquier relación que emprendía debía superar el lastre de ser padre separado. Y eso es algo complejo y frustrante. Un tipo con una harley Davidson, con aire chulesco y padre separado no encaja demasiado bien en ninguna familia.

Pero casi por casualidad y gracias a mi hermana, a los 27 años, llegó Elena. Su actual mujer y madre de su segunda hija. Una persona que pese a todas las miles de dificultades, supo entenderlo, amarlo y acompañarlo. Y con ella, volvió la estabilidad, la calma y el placer de querer ser uno mismo y no necesitar nada más. Pero faltaba algo. A Víctor le faltaba un mundo en el que encajar. Un sitio donde realizarse y donde expresar todo lo que necesitaba expresar. Y llegó ese telegrama que habéis leído al principio y que dá origen a la primera de sus novelas protagonizadas por Frédéric Poison, la persona a la que sin saberlo, iba destinado ese mensaje y el futuro de la vida de Víctor.

Hasta ahora, en este artículo os he hablado en tercera persona, pero ahora, os hablaré en primera, porque ahora sí me reconozco. Y también he de reconocer que nunca me ví capaz de escribir algo así. Una novela larga, desde principio a fin. Mis propios miedos, complejos, destrozos de vida y frustraciones hicieron que no creyese en mi durante mucho tiempo. Pero al igual que el potencial que tenía dentro siempre había estado, Frédéric siempre había existido.

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Y es que Frédéric es la proyección de toda mi energía. de todas mis ganas por ser mejor, por ser yo, por encontrar mi vida y por descubrir el mundo que me he perdido. Unos dicen que es mi alter ego. Vale, es rubio, alto y ojos azules, como yo. Pero Frédéric es más que eso. Es mi salvador. Es quien más me ha enseñado (junto con mi padre y Manolo García). Pero a ese personaje de “ficción” le hacía falta un mundo, un motivo y un marco donde proyectar sus intenciones. Y ese motivo apareció con el telegrama que Gregorio Palomares, Madeleine y Rosa enviaron desde EL DRAGÓN PERDIDO a Alonso y que acabó en manos de Frédéric Van Muller Poison (cosa que tiene mucha culpa Carlos Hernández Arranz y su padre Pachi Calibres).

Ese telegrama, me lo envié a mí mismo a través de Frédéric. y sin comerlo ni beberlo, me vi enfrascado en una historia que me transportaba, que me absorbía, me enseñaba, me adiestraba y que me hacía feliz. Esa historia se convirtió en mi salvación, en mi primera novela de 5 y media que llevo escritas a día de hoy. Algo que mis padres sabían que podía pasar y que por el camino yo olvidé. Y es que al final, las cosas excelentes, solo pasan cerca de personas excelentes, como todos los que rodean mi círculo más íntimo hoy día (y que cada uno de vosotros sabéis quien sois). Aún así, todo lo vivido, todo lo mal vivido y todo lo que ha sido mi vida, es lo que hace de mí quien soy, como soy y cómo seré. Un tipo normal, con demasiadas más cosas por hacer de las que ya ha hecho.


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